El General.
__Todos los combatientes de Malvinas entregaron
su vida, dice Doña Santa, los que siguen con sus despojos congelados allá y los
que respiran por sus llagas acá.
El General llega a la Villa casi de casualidad. Uno
de esos sábados en que había hecho buenos pesos vendiendo medias en el tren, le pintó
quedarse por Ezeiza a comer un choripán y tomarse una cerveza. En un boliche callejero del lado oeste de la estación se topa con un ciego limosnero que vive en la Casa
de la villa. El ciego, que comprende que el hombre está solo, al final del día se
lo lleva con él a la villa
__ allí usted tendrá cama, pan, compañía y si
se puede se aprovecha alguna otra cosita, le dice, porque la Casa de la doña
parece que fue burdel, le dice.
Esa era la primera vez que el General oyó hablar de la doña y de la Casa.
Mas qué nada por lo del burdel el general
accede y va. Enseguida conoce a doña santa, que nunca sale y pronto hacen buenas migas. Ese sábado descubre que no se había olvidado de hablar, que aún
tenía palabras y podía. Eso no fue poco para él.
Aunque se halla casado con esa mujer
que fue puta de la santa, aunque viva la
villa como carne propia, aunque parezca villero, él nunca dijo que era villero.
Hablaba de "los villeros de doña santa" y nunca dijo “míos o nuestros”.
El general, como todo ex combatiente era
un rebelde con causa. Tenía sus códigos y pareceres; lo pareceres lo negociaba,
los códigos no. Pero sobre todo era hombre de notarse que tenía todo su peso en
oro, y la doña eso lo supo desde que lo
vio llegar con el ciego
La doña cuando se embandera lo hace a pleno.
Exagera un poco, es cierto, pero no se la puede contradecir, porque su palabra
es santa palabra.
Lo que sostenía, no lo sostenía por mantener
una postura, o por dar una imagen, o por capricho de poder decir “yo tengo la razón”,
ni por ninguna otra cosa por el estilo, ella como todo santo vulgar es del vulgo
y es vidente de la evidencia. Hace lo que hace no por antojo sino por lo vulgar
que el villa necesita.
Honra la bandera y el suelo que pisa con
las acciones. Ama su tierra y su gente, por eso en su momento, cuando fue lo de
la guerra de los mares del sur ella pidió ir al frente como voluntaria
"No sirvo ni quiero disparar un arma, solo
quiero ir a cocinarle a los chicos", escribió, pero ni siquiera le contestaron la
carta. Por eso para ella de un lado está el luto de las instituciones y del otro lado está la villa y junto con la
villa los ex combatientes, __ esos hombres andrajosos que andan envejeciendo
limosneando, que plantan banderas de protesta en las narices del
poder, que no son vistos porque son pocos, que no suman impuestos ni votos, que
son feos, sucios y píllos, que no tiene descendencia su causa, que son anárquicos,
que no les asiste la razón porque ella nunca está del lado de los que lo han perdido
todo __ ellos son y serán por siempre Héroes.
Para doña santa villera son la
reencarnación misma de la bravura india primitiva y de los gauchos de la independencia
en el norte. Es en ese orden de valores; idealizado, vulgar, ignorante de la
historia, fiel a la intuición de los hechos, vehemente, sin códigos, sin
chuparle el orto a nadie, que doña santa
tiene a sus héroes muy arriba y lejos de cualquier jineta
Desde que el general entró ese buen día a la
vida en la villa, doña santa intuyó lo que vendría y supo esperar.
Hoy por hoy, a la luz del desamparo en que
la han dejado los hechos, ella quiere que ese hombre sin más nombre ni seña que
el apodo que en la villa se ganó; El General, sólido, sufrido, callado, corajudo,
compañero y amigo de todo momento, ese símbolo del dolor y de la lucha será, así
lo quiere ella, quien le ayude a limpiar
la villa y se lo hace saber.
No obstante el poder conferido y el
ascendiente que se va ganando en toda la villa, el general bien sabe que sin su
jefa espiritual, sin la Santa a su lado de nada le vale lo del desembarco en
Ezeiza , lo del choripan, lo del ciego. Nada podrá sin ella, hacer contra el paco y
toda la demás mierda.
El desafío liso y llano de doña santa prende
fuego a una bronca sofocada que tiene su origen allá lejos y hace tiempo y que se agravara con lo del balazo al cotolengo peludo de la piba. En las tres
noches de charla, cigarro y mate que siguieron, el desafío se le convierte en imperativo absoluto.
El ex combatiente acepta. Le renace un olvidado espíritu guerrero que
antecede a la guerra.
El General desembarca definitivamente en la Villa de Doña
Santa..


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