Un buen disparador para la acción suele ser
el propio dolor
El domingo a la madrugada internan en el
hospital al Cotolengo Peludo, el amigovio de la nena, con una herida calibre 22
en la espalda. Fue a la salida del baile orillero y según dicen los otros pibes
el cotolengo estaba pasado de rosca y se le hizo el bravucón a otro flaco que
estaba mas dado vuelta que él. Lo de la herida podría haber sido peor, por
suerte el Peludo de la piba, a la semana ya estaba de vuelta por la villa,
sonriente, con esa risa de inconciencia
que le hace decir “no fue nada”
Suele pasar, que un buen disparador para la
acción es el propio dolor. Se toma conciencia de algo grave cuando eso grave le
pasa a uno en carne propia.
Si bien a doña santa la cosa no le toca en
carne propia, porque el pibe no es nada suyo, pero de la piba sí, percibe la
santa en su largo meditar y en el dolor de la piba, otro dolor, un dolor universal,
un dolor de guerra, de caverna, de cromagnon, de neherdental, de malvinas, de
estado de sitio y lo asume como propio, la doña comprende que esa bala había atravesado todos los límites,
había atravesado todos los pechos y la habían disparado todas las manos.
Le toca la bala y le toca tanto como un
puntazo envenenado en el alma y de la mañana a la noche sale a la calle gris de su villa a gritarle a la grisura que permanece anónima, en complicidad con el letargo.
__son una manga de cornudos corderos esperando en
sus cuevas el momento del degüelle y también son una manga de verdugos al acecho; les ordeno que salgan todos, todos, todos, todos, todos y no
paraba de gritar todos. Y lo repitió tanto y tanto que se quedó sin voz.
Fue esta
la primera manifestación de santidad por éxtasis de doña santa villera y las
tres marías seguían brillando, se estaban apagando y la civilidad, como el villerío, seguía durmiendo.
Claro está que en el fondo lo que le angustiaba
era la idea de que podría haber sido la piba la herida, la muerta, su Patricita
adorada.
Por los ojos nublados por la cortina de
llanto que no cesa, por el desconsuelo de Patricita, aquella noche doña santa
abuela ve lo que no quiso, no supo, no
pudo ver hasta ahora; que eran miles
los ojos nublados de las miles de madres que en la plaza lloran cada día sus chicos muertos, pudo ver que la civilidad tiene los ojos ciegos como la justicia y por eso no se ven. Lo
reconoce y hace su mea culpa y siente que ese dolor de todas la transforma en
una hembra gigante hecha de música de tormento
Su nena esta tan en riesgo como el resto de
los pibes, y el resto de los pibes están tan en riesgo como su nena adorada.
Descubre
que la villa es una nena adorada a la que la mugre le cubre desde el pelo, pasando por la concha hasta la punta
de los pies. Todo, todo, todo es mugre y llanto y su propio llanto le humedece la mugre de su
rostro. Se da cuenta de que en su villa no están los hijos de puta, aunque allí convivan víctimas y victimarios. Los hijos de puta no están en la villa.
Con todas estas
ideas que son como visiones haciéndole presión en su cabeza, le van naciendo notas y claves de una metálica sinfonía cumbiera y shostakowiana, pero como son tantas y tantas las combinaciones, terminan por desbordarle acordes por la boca. Los junta y se los inyecta en las venas con una aguja gruesa como una poronga. Devuelto lo suyo a la sangre, hecho todo ese desborde sinfonía de guerra, recorre cada poro de cada célula de cada parte de su ultrajado cuerpo y allí le nace junto con su definitiva identidad villera, un odio armónico, infinito, inigualable,
pleno, mortal, santo.
Son tantos y tantos los pibes desaparecidos, tantos y tantos los que disparan y mueren en un solo acto, tantos los que mueren sin disparar, sin saberlo, son tantos y tantos los chicos desaparecidos todos los días, son tantas las villas y tantos los alrededores que no son menos, que las ganas de salir a terminar con todo le nace naturalmente. Esas ganas, ese odio no reconoce aliados fuera de la villa.
Santo es el odio que le nace, porque santo es el odio que de a poco va transformando la agonía de la paciencia en
una necesidad implacable de poner fin a todo eso. Santa la necesidad que siente doña santa de que se
termine de una vez el juicio a la villa, a los humillados, a los marginales, a los víctimas, a los que desaparecen en la sordera de todos.
Decide entonces que lo primero que hay que
hacer es algo práctico, para que no quede la cosa en el dolor de un espíritu
herido que poco y nada puede cambiar, porque con darse cuenta, con eso solo no basta.
Decide doña santa villera terminar con el
paco en la villa, de una vez y para siempre.

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