lunes, 17 de septiembre de 2012


El tiempo

Con el correr de los años la obra había ido consolidando toda esa conciencia colectiva del villerío secuestrada en su propio predio durante tanto tiempo. Cada uno era ya, uno en todos y la fuerza villera era también única e indivisible. El villerío era una deidad conformada por miles y miles de personas distintas y una sola Fuerza Verdadera.

Con el correr de los años la Santa iba apareciendo en esa celebración anual llamada "la grande”, como la sinfonía, cada vez por menos tiempo, hasta que a lo mejor para no precipitar un final por agotamiento en plena celebración, ella ya no salía, solo se asomaba como lo hace el papa en San Pedro apenas un momento, en que era ovacionada por un buen rato. Aveces lograba el clamor hacer que hablara y lo hacía también como una papa; lánguidamente, con una voz débil de almidón, con un lenguaje liso y suave de puré. Vulgar y santo fue siempre su decir.

Siempre fueron las suyas, palabras en las que los hechos, los propios y los que fueron haciendo cambios en la villa, eran los modeladores de cada frase. Eran frases honestas, breves, conciliadoras, irrefutables que la muchedumbre esperaba año tras año.

Cuando todavía podía, primero hablaba para todos por un buen rato sin parar y al final bajaba de la tarima y la gente iba pasando frente a ella, como en los principios. Apoyaba su mano sobre la frente o la mejilla a uno por uno sin saltearse un solo villero. Había algunos a quienes, quién sabe por qué, le apoyaba las dos manos sobre los hombros y les decía algo al oído. A los bebés, los besaba en la frente. Permanecía con su mano extendida y muchos procuraban besársela, pero ella trataba de evitar eso

__no soy papa para que me anden besuqueando la mano, decía.

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