
Está bien que era aquella, una sensación infinita, suprema y todo lo que se quiera, pero convengamos que principalmente un grupo de villeros es siempre cosa de villeros y los villeros son pillos, jodones, gritones. Esta era una fila de villeros jodones, locos de contentos de estar allí avanzando, ansiosos por empezar, porque al villero cualquier cosa lo contenta, lo pone alegre, loco, contento y si te puede manotear algo te manotea.
Ya sea que avancen o se queden, lo hacen con ese mismo registro de humor villero, que es humor de amor tumbero, y el movimiento constante sumado a toda esa mierda que toman les hace salir por los poros del cuerpo todo, hasta el alma.
Y les va saliendo por los poros un vaho agrio, pegajoso y liviano que al elevarse de liviano y tibio se convierte en diminutas, invisibles cometas encendidas, que en la propia piel de cada uno parecen sudor y aveces llanto.
La apariencia villera es universal y cada uno se confunde en el otro; todos la misma forma de andar, de mirar, la misma risa en la misma descomunal boca abierta, abierta de par en par como una manpara ya sea para hablar, para gritar, para reir, para masticar. Son bocas que no pueden estar cerradas. No hay porque negarlo, los villeros son unos boca abierta de lengua blanca y pocos dientes.
Una marcha villera, y no hace falta acercarse a la villa de la Santa para verlos, tiene cantos, insultos, gritos y susurros, lágrimas y sonrisas, choripan y vino. Es un derrroche de todo el tiempo todo lo mismo, todo lo mismo, todo lo mismo. Es cierto, son aburridos
Es, ese camino infinito de esa muchedumbre villera hecha ruina por el tanto sufrir de tanta pena, también un derroche de esperanza y ciega alegría, porque el villero es un derrochon de todo, de nada. Es algo que solo ellos pueden sentir con el sentir de la inconciencia, su único sentir posible. Y todo eso por el afán sin lucro de llegar, pero no lo saben
Están allí en la caravana que se alarga y a la vez se ensancha solo por ver y por seguir a aquella mujer santa y villera, la que tiene la promesa.
La diferencia
Hay una diferencia entre ella y el villero. El villero avanza chorreando todo. Ella en cambio permanece y no derrocha nada porque lo necesita todo. Para ella la marcha es espera y es llegada, todo a la vez. Y en la espera, un diluvio de fertilidad derrama a manos llenas al paso de los villeros que pasan por frente suyo. Ese torbellino de entrega villera la envuelve y la deja ciega. Tal vez porque ese sea el fundamento de una entrega villera, una entrega ciega. Y allí se cruzan los villeros con su Santa
Para Doña Santa cada villero es un santo frente al cual ella debe desfilar inmóvil y en silencio, y queda allí, no importa el tiempo que haga. Ni el frío, ni la lluvia, ni el calor, ni el sol rajante influyen para nada. Lo importante es verle de cerca el santo rostros y las manos. Ella, en cambio, está allí para olerlos, saborearlos, para descubrir de entre las ruinas que portan, su esencia, sus raíces y de ese modo, ella que si sabe no sabe, también se rescata. Seguramente en ese acto solemnemente santo y villero la santa este obrando ya la transfiguración definitiva de la estirpe. Queda aún mucho por ver y por hacer, pero la transfiguración empieza allí.
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