
No lo podía creer, estaba frente a una brujita encubierta, una ingenua Elenita nicoleña que si bien no despertaba ninguno de mis estigmas cochinos, con solo escuchar podía adivinar lo que callaba. Se divertía conmigo, jugaba, me dejaba trotar con la palabra como el buen domador deja trotar al bagual para finalmente montarlo.
Es así, la caro es mil veces más astuta que yo y encima se juega en lo que dice para que no me duela cada vez que quedo en descubierto con mis boludeces o conjeturas. Cada vez que se daba cuenta que yo le estaba macaneando, agrandando o inventando algo, se mataba de la risa, me ponía su bendito sombrero de paja amarilla y decía,
__este es el bonete que le ponemos a los que se mandan la parte queriendo mostrar lo que no hay, y lo hacemos para que todos lo vean, y me sacaba a dar una vuelta por el jardín. Y lo decía y lo hacía con tanta gracia y cuidado que ni vergüenza me daba, y yo le seguía el juego como un pibito de jardín de infantes a su seño de salita azul.
También era genial la caro para romper con esos “tonos menores “ que suelen tomar las charlas en algunos momentos particularmente duros; daba unas palmaditas con las manos y decía
__bueno!, vamos al patio que es la hora de recreo! . Entonces se ponía el sombrero de paja amarilla y me representaba con esa gracia suya tan singular una secuencia de alguna de las películas de Marilyn Monroe, y me pedía que adivinara de qué película se trataba.
Caromarilyn adoraba a la Monroe y se sabía de memoria pasajes enteros de sus películas. yo la miraba encantado como si estuviera en un recital de la propia marilyn con la mirada encantada de un enamorado de su diva, y cuando me surgía el tansónico me le ponía a la par e improvisaba pasos de baile, saltos y giros. Esas piruetas eran las propias de un chico que acaba de descubrir el placer del vivir en la música y el baile y así, volando con los pies y con el alma posada en las nubes de la imaginación, nos remontábamos hasta tantos y tantos de esos lugares universales que guarda la fantasía, seguramente los mismos por los que habrán andado bailando y cantando juntos, la Monroe y billy elliot.
Cuando al encantamiento le daban las doce, nos derrumbábamos sobre el sillón y dejábamos que la carroza volviera a ser zapallo, yo iba a preparar café y la caro ponía un CD con sonata de Fauré, que a partir de entonces aprendí a disfrutar.
Fueron aquellos días junto a la caromarilyn de san Nicolás días bellísimos que recordaré siempre como los más bellos de mi vida.
Continuará tumorrou
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