
seguí contándole a mi amiga, anécdotas de mis tiempos de colegial. Obviamente hablé de Elenita, de particularidades de una niña, qué otra cosa puede quedar en el recuerdo de un adulto de una compañerita de primer grado más que ciertas señas; la figura, el moño aquel de su delantal de lunes a viernes perfectamente almidonado, de su cadenita de plata, de sus zapatos de tirita, sus bucles, su risa suelta, sus dientes blancos y generosos, la actuación aquella de un 25 de mayo en la escuela.
Hablaba de elenita sí, pero no podía evitar que mi pensamiento volara hasta la casa de campo de lobos. Allí una y otra vez se me representaba la escena en que la otra elenita, aquella vestal transgresora disfrazada de niña lectora, se daba condena y me condenaba a padecer los síntomas de una desenfrenada necesidad de estar juntos, más que juntos encimados. Lo mío por Elenita no era, como se puede pensar, mera necesidad. El día del primer encuentro con la vestal había sentido muy en lo profundo, en ese delicado lugar en que convive el pecado mas cochino con la virtud mas redentora, pasión y amor a la vez.
¡qué locuras despierta en los sentidos el amor y la pasión cuando se juntan¡ Por más que me lo negaran y me lo negara qué otra cosa podía significarme ese sentimiento tan fuerte, desbordante, indefinible por más palabras que le ponga, sino la irrupción en mi vida de un “amor- pasional”, que es la forma más tempestuosa y riesgosa de amor y de pasión. Y de qué otra manera se puede expresar tal sentimiento si no es por un cochino y desmedido frenesí que no termina de saciarse nunca, que no admite dilación en la entrega. Cochino y desmedido frenesí que una y otra vez nos alcanzaba hasta el viejo y manchado diván de la pieza de chile y defensa.
Como si me hubiera estado leyendo palabra por palabra todo el recorrido de esas conjeturas mías del pensamiento, me dice
__ el amor es una cosa y la pasión es otra, el lío es cuando se juntan las dos, debe ser por eso que te colgás en cada falda que se te cruza, es bueno saberlo
__ saber qué, le digo procurando no mostrar mi asombro. A ver si te pensás que soy uno de esos donjuanes desenfrenados…le digo
No quería seguir siendo objeto de esa astuta adivinadora del pensamiento, tampoco deseaba que la charla se convirtiera en una pesada lista de anécdotas y hechos menores que la pudiesen conducir hasta un deslucido autorretrato en blanco y negro de su amigo, entonces hábilmente le iba intercalando muy nítidas, a veces algo exageradas, anécdotas de mis días de rokero; de mis actuaciones como solista, o con los tansónicos, o de mis giras playeras con los tan biónicos. Igualmente algo me decía que si bien ella me seguía con gusto, no se las creía todas, hasta que en un momento me dice
__ muy lindo el “autorretrato”, pero tiene demasiado color, “no me la creo”…
Continuará tumorrou
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