
no puedo explicar el ruido a silencio que siguió a ese momento crucial. Quedaban en ese silencio, vacantes las palabras que no nos atrevimos a decir, mudas, desordenadas, resonando en nuestro interior como una salva de alarma y de victoria. Carlo estaba en la mira de esas palabras y nos unía.
No se ella pero yo tenía ganas de contarle al mundo entero que no solo el verbo se hace carne, que los mitos se renuevan cada día en cada instante de la vida, que el verbo se conjuga en el justo nombre, que Carlo sin “s” era el justo nombre del encuentro. Sin embargo no lo hice porque me pareció que sería una sobrecarga manierista de lo obvio contárselo a un mundo que apenas sobrelleva su propia anomia, que apenas alcanza a armar su yugo cotidiano. Pero no pude con mi genio, rompí el silencio
__si dios puede ser uno en tres, le dije, porque no pueden ellos ser dos en uno. Otra vez lo que decía caía en el hueco de su mutismo, mis palabras no lograban arrancar las suyas. Quien calla otorga, me dije, además yo bien sabía que me estaba adivinando todo el tiempo el pensamiento.
Estaba seguro de que para ella enfrentarse con palabras propias a las circunstancias sería otro muy duro trance.
Me acordé del momento aquél de plena confusión en que lo había encontrado herido y a merced del destino, lo/la había socorrido, la/lo había cargado sobre mis hombros y durante la larga y delirada travesía había sentido latir su corazón de fiera herida sobre mi costillar y el sudor de su cuerpo pegotearse en el mío, y así todo el camino. Yo le hablaba de no sé bien qué cosas de la noche, del peligro, del camino, ella, él escuchaba y me susurraba al oído cosas así como del querer, quizás también del deseo, cosas que no entendí porque se confundían con las mías. No las quería escuchar es cierto. Me acordé de aquel último esfuerzo mío para desprender sus manos agarrotadas en mi cuello y de cómo lo había dejado desplomase sobre la escalinata que marcaba la entrada de aquel pueblo del camino. Es verdad no lo abandoné, solo me dejé llevar por el rechazo y en lugar de acompañarlo hasta mi cabaña junto al lago, forzado por mis propias contradicciones y mi propia homofobia, le había dejado depositado (bien digo porque aquello no fue abandono) en “Casa de Muñecas”, y sin la menor resistencia de su parte. Si al menos me hubiese propinado una trompada o una bofetada, pero no hizo nada y ahora la culpa no me deja tranquilo aunque me quede claro que no lo abandoné…. No tengo dudas de que un travesti es una fiera herida que por no destrozar a quién lo abandona, se le entrega.
Perdura como un eco aquel sollozo ronco de pinocho herido que reclama un alma. Lo había encontrado, ahora debía acudir a su rescate
Caromarilyn no soportó el doloroso tiempo de silencio que consumieron todos aquellos pensamientos míos, y como enojada salió de la sala.
Continuará tumorrou
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